miércoles, 28 de septiembre de 2011

AMARETTO


Pamplona, 8 de septiembre de 1423

Andan todos los pregoneros gritando por las calles la nueva ordenanza del rey, que harto de las continuas luchas entre los barrios ha decidido fusionarlos a toda costa y para siempre. Y no deja de ser doloroso que mientras todos se alegran por tan esperada unión, ella se haya ido definitivamente.

Van derribándose poco a poco los muros que durante siglos separaron a los tres barrios de la ciudad, y a cada golpe de maza con que los canteros deshacen la piedra que los encorsetó, responden los vecinos de uno y otro lado con exclamaciones de alegría. Ha ordenado el rey que en todas las plazas, calles y belenas, proclamen sus heraldos todas y cada una de las 29 capítulas del Privilegio recién acordado. Y aunque las gentes no entienden la mayor parte de esa parla de leguleyos, saben que con ese mandamiento real, acabarán todas las tropelías que sufrieron sus antepasados y aun ellos mismos, y por eso lo celebran como si fuese una fiesta de guardar.

Blanc Levrier, el heraldo favorito de Su Majestad, con mucha ceremonia, desenrolla el pergamino del que pende el sello real. Tose exageradamente para reclamar la atención de la multitud que le rodea en el atestado Chapitel, y anuncia con fuerte y modulada voz:


-Nos, Karlos, por la gracia de Dios rey de Navarra, duc de Nemoux. Nos ha seydo significado et dado a entender por personas buenas et cuerdas, que en los tiempos pasados se han seguido entre el Burgo, la Población y la Navarrería muchos debates, divisiones, discordias, escándallos, homicidios et feridas, por las quoalles por diversas vegadas la dicha nuestra muy noble ciudat de Pamplona ha cuydado ser perescida et destruyta totalment, por ser en nuestra dicha muy noble ciudat tres jurisdiciones distintas et separadas. Et Nos, por evitar tanto mal e escándallo, fechos venir ante nos los procuradores de las dichas tres jurisdiciones, ensemble con eillos quisimos dar logar et manera que las dichas tres jurisdiciones et las rentas et terminos de aqueillas oviesen a ser unidas perpetualment et indivisiblement, de manera que eillos et los descendientes d'eillos podiessen vivir en paz, tranquilidat et concordia perpetua et no oviessen entre eillos causa ni occasión de debat ni discordia. Attendido otrossí que la concordia d'entre eillos reputamos ser la nuestra propia, et assí bien considerando que Dios non puede ser bien servido, ni las gentes ser en su gracia, sino en tiempo de paz, karidat et concordia...

Y estallan todos en vítores y crece la algarabía por todo el mercado, pues saben todos que es don Carlos amante de la paz, y que no son por tanto aquellas sabias palabras papel mojado. Y es tanto el júbilo desatado, que hasta los taberneros convidan gratuitamente de sus mejores vinos al radiante vecindario. Y mucho milagro es éste, que no es aqueste lugar en que la hostelería invite a nada, si no es "en periglo de muert" de los dueños.

Ante tan desacostumbrada muestra de cortesía, toda la concurrencia aprovecha para vaciar sus jarros hasta dos y tres veces. Bueno, toda no. Martín de Jorajuría parece ajeno a la fiesta. Tanto que hasta muchos le preguntan si es que acaso prefiere que continúen las discordias entre los barrios como hasta ahora. Pero Martín no les escucha, ni repara tampoco en las campanas de todas las iglesias que no dejan de sonar. Sólo oye el rabel que en aquella misma plaza tañía una lánguida súbdita del príncipe de Valaquia la mañana en que conoció a María.

Ahora María se ha ido, y a él toda aquella alegría y apología de la unión se le va clavando en el corazón como una espada, así que decide seguir Zapatería arriba hasta llegar a la confitería de maese Donézar, por ver si puede endulzarse el ánimo con los sabrosos piporropiles que allí se elaboran, pero San Blas queda lejos todavía, y tal manjar sólo se hornea para fecha tan señalada. A María nunca le gustaron, pero eso ha de ser porque nadie es perfecta. Cuando vuelve a la calle, un persevante real, llamado Nemours, da a conocer el trascendental decreto:


-Primerament, avemos querido et ordenado, queremos et ordenamos por las presentes de nuestra auctoridat et poderio real, que las dichas tres jurisdiciones del Burgo, Población et Navarrería de nuestra dicha muy noble ciudat de Pamplona del día de oy en adellant a perpetuo sean et ayan a ser de una mesma jurisdición, de una mesma universidat, un cuerpo et un conceiilo et una comunidat indivisible...

Las gentes reciben con el mismo alborozo que en el Chapitel tan buenas nuevas, y vuelve a ser Martín el único que no parece alegrarse, aunque más bien lo que ocurre es que no cree que nada sea perpetuo o indivisible. Ya no.

Dirige entonces sus pasos hacia la Taconera, al lugar donde abre sus puertas un establecimiento muy elegante llamado "El Vianés" -sin duda en honor al ilustre nieto del soberano-. Mas por no haberse descubierto todavía muchas y muy dulces materias primas, se sirven únicamente buenas cervezas y deliciosos refrescos a la sombra de un retorcido árbol que dicen que fue traído desde Cipango por uno de aquellos Teobaldos que anduvieron por el Asia. Pero hasta allí ha llegado también otro heraldo del rey, esta vez el llamado Monreal, que pronuncia impertérrito la misma cantinela que domina toda la ciudad:


-Otrossí, ordenamos et mandamos a perpetuo que cada vez que los dichos diez procuradores sean congregados ensemble por los actos et negocios de nuestra dicha muy noble ciudat de Pamplona, et sean de diversas opiniones, que aqueilla opinión en que concordarán la mayor partida d'eillos, será la observada et complida...

Y piensa Martín que sería gran cosa que el Ayuntamiento de Pamplona se rigiese siempre en el futuro por tan sencilla y cierta ordenanza. Pero no se engaña al respecto, que siempre habrá quien crea que su opinión es mejor que la de los otros y trate de imponerla. No es ésta tierra de filósofos estóicos, y probablemente no lo será nunca, por mucho que don Carlos III se empeñe.



Pide uno de esos licores venidos de la ciudad italiana di Saronno, que mezclan el dulzor de los huesos de albaricoque con el sabor acibarado de las almendras. Pero sin María al lado le resulta demasiado amargo, por más que en su fórmula vayan incluidas también diecisiete plantas y frutas aromáticas. Además no resulta tampoco agradable seguir escuchando al mensajero dando altas voces:

-Et si hay algunas mellancolías, malquerencias, quereillas o enemistades entre eillos, todas ayan a cesar, et los unos et los otros ayan a quitar, remeter et perdonar aqueillas para siempre et jamás, et vivan d'aquí adellant a perpetuo a servicio de Dios, en paz, amor et caridat, como buen pueblo juncto et unido lo deve fazer...

Y esto ya es demasiado, que no es prerrogativa regia meterse en las melancolías y nostalgias ni del más mísero de sus vasallos. Se le agradece la intención, sin duda, pero Martín cree con mucha razón que, al fin y al cabo, en sus tristezas sólo manda él.

La torre de San Lorente está tan alta e imponente como siempre, y repican sus campanas con tanta fuerza, como si quienes las bandean hubiesen bebido también su ración de vino gratuito. Bulle la Rúa Mayor igual que en las ferias y fiestas del glorioso San Fermín. Tanto que le cuesta bastante esfuerzo a Martín abrirse paso hasta la botica de micer Ataun, donde recetan sabrosos regalices, más negros que el alma de un recaudador de comptos. Pero se han terminado hace unos momentos, y no se atreve el laminero fabricante a preparar nuevas remesas, mientras no quede claro qué marca ha de incluir en cada barra: si la antigua de la media luna con la estrella de ocho puntas del Burgo de San Cernin, o la nueva del león pasante de la Pamplona unida. Y para cuando Martín se da cuenta, ya se aproxima otro persevante, que por el nombre de Lazo atiende, y que desde un escabel brama:


-Queremos et ordenamos que si los habitantes et moradores del dicho Burgo, Población o Navarrería viniesen contra esta dicha unión o se ensañasen et esforçasen a romper et desfazer aqueilla, que ipso facto, seyendolis probado el caso devidament, incurran et ayan a incurrir por cada contravenimiento una pena de mil marquos de plata fina. Otrossí, que puedan ser exiliados et desvezinados et echados fuera de nuestra dicha muy noble ciudat a perpetuo, et eillos ni los descendientes d'eillos no ayan a entrar ni morar jamás en Pamplona...

La verdad es que no sería mala cosa exiliarse, que sin María la ciudad -por mucho que le digan que con la unión ha triplicado su tamaño-, se le hace pequeña a Martín, pues caminando al mismo y breve paso de ella, le parecía a veces tan grande como dicen que es Constantinopla. Y ahora en cambio, la recorre de punta a punta a toda la velocidad que le permiten sus piernas, de tal suerte que los terminos de Barañain y Villava se le hacen tan cercanos entre sí, que habrá de ver si no es conveniente llegarse hasta Sorauren y su muy acogedora posada para ampliar horizontes...

Pero no, no ha de dejar Pamplona, que en realidad es como ha sido siempre: chiquita y apañada. Pero ¿para qué quieres más? Así que vuelve a su casa en la rúa de la Englantina, no sin antes tener que aguantar la última disposición legal:

-Mandamos convocar por esta causa los tres estados de nuestro regno et con consentimiento, deliberación et conseio d'eillos, fazer Fuero que contendrá en efecto que jamás Nos ni eillos, ni nuestros sucesores reyes de Navarra qui empués Nos serán, nos consentiremos ni consentirán jamás que la dicha unión aya a ser desfecha ni rompida en tiempo alguno en alguna manera...

Está la casa envuelta en un silencio triste, a pesar del bullicio que llega de afuera. Sobre la mesa hay un libro que ella dejó comenzado. Es "El Tratado de la Belleza", del maestro Umberto da Bolonia. Lo abre al azar y reconoce los versos del trovador Jaufré Rudel:

"...De sí promesa a mí ella nunca dará,
ni a mí como a su amigo dirá sí:
nunca me dijo la verdad ni me mintió,
ni sé decir si nunca así lo hará..."


Cierra el volumen y, harto ya de tanto revuelo callejero y unionista, vuelve los postigos y las contraventanas. Todas menos una, en la que deja un candil encendido, para que María encuentre el camino, si acaso quiere volver algún día...





© Mikel Zuza Viniegra, 2011