jueves, 22 de septiembre de 2011

APOSTILLAS A EL NOMBRE DE LOS ZUZA

Abandono con agrado, aunque sólo momentaneamente, el muy permeable límite entre fantasía y realidad por el que habitualmente me muevo, para calmar el recelo de aquellas y aquellos que dudan que los siete caballeros de mi última historia hubiesen existido alguna vez. Sobre todo aquel que, mutatis mutandis, comparte mi nombre y apellido.

¡Ya está el vanidoso autor poniéndose otra vez a la altura de sus propios personajes! Pero puedo defenderme diciendo que eso sólo lo he hecho de pascuas a ramos, y con mi nombre y apellido, sólo en una de las historias, y fue por darme el gustazo de poder saludar a mi admirado Orson Welles.

Sí, amiguicos y amiguicas. Los siete caballeros del cuento existieron. Habría ciertas dificultades quizás para documentar al probo Sagastibelza, pero como él es ya todo un género en sí mismo en mi blog, donde sus andanzas a través de los siglos pueden parangonarse perfectamente a las de Carlos de Viana, a las de los Teobaldos o a las de su idolatrada Berenguela, podrá el lector avisado disculpar esta posible licencia literaria.

Los otros seis, anduvieron por Francia al servicio de Carlos II de Navarra, unos con más suerte que otros, pero todos desempeñaron su cometido lo mejor que supieron.

Hace muchos años ya, cuando no existían estas zarandajas virtuales de Google, donde tanto cuesta resistirse a buscar el propio nombre, uno que yo me sé perdía el tiempo que debió emplear en estudiar más, en rastrear el suyo en los cincuenta tomos del Catálogo de Comptos del Archivo de Navarra. Eso sí, recomiendo a los niños y niñas no hacer esto en casa: cualquiera que pase por allí podría tomaros (con bastante razón) por locos.

El caso es que entre aquellas toneladas de documentos, apareció un señor caballero que llevaba mi mismo nombre. Con esto no quiero decir que fuese un tatara-tatara-tatarabuelo mío , pero dado que el lugar de Zuza -hoy día desgraciadamente convertido en otro triste despoblado del valle de Lónguida- siempre fue diminuto, es lógico pensar que todos los que compartimos ese apellido tan poco extendido debimos tener allí nuestro origen, y algo me tocará por tanto en las andanzas de don Michel, puede que decantadas ahora en mi compulsiva afición a esa época y a ese territorio.

Pero, os estaréis preguntando, ¿y si esto que os voy contando es también otro de esos cuenticos míos y en realidad me lo estoy inventando todo? Pues para todos los discípulos y discípulas de la cofradía del incrédulo Santo Tomás, he aquí la prueba de que lo que digo es cierto. Y haréis bien en creerme: soy demasiado vago como para andar falsificando un par de documentos del siglo XIV...



Grosso modo, lo que viene a decir tan simpático recibo, fechado el 20 de agosto de 1378 en San Juan de Pie del Puerto es lo siguiente:

"Sepan todos que yo, Michel de Çutça (sí: estas gentes medievales no escribían la dulce y siempre tan discriminada letra "Zeta", que no por ser la última, es la menos importante), reconozco que he recibido por mandamiento del Rey, mi reduptable (poderoso) señor, de monsieur Pierres Garsel, prior de Arroniz, diez florines de dono y otros diez por los gages de un "pillart" de un mes. De los que me tengo por bien pagado..."

¿Un "pillart"? ¿Será que el amigo Zuza se ganaba la vida haciendo pilares de piedra o de yeso allí donde se los encargaban? ¿Será que jamás abandonó la infancia y se solazaba todo un mes jugando a pillar con sus camaradas? Poz no: en aquellos tiempos, un "pillart" era un grupo de hombres a pie que acompañaban a otro a caballo en todo tipo de acciones guerreras de ataque o defensa...

Y parece ser que don Michel no lo hizo mal del todo, pues apenas un mes después, el 13 de septiembre, vuelve a reconocer en otro documento que:



"Sepan todos que nos, Miguel Ivaynnes de Artaiz y nos, Michel de Çutça, reconocemos haber recibido por mandamiento del señor Rey, de gracia especial, veinticinco y diez florines respectivamente de manos de Pierres Garsel, prior de Arroniz..."

Siempre hay alguien que cobra más que uno, pero como este compañero de aventuras fue casi paisano, pues vivía en la zona que sobrevuela noche y día san Miguel de Izaga, ya que era de Artaiz, supongo que a don Michel no le importaría tanto. Además, que diez florines entonces eran una pasta...

Así que pueden seguir vuesas mercedes con la mosca tan detrás de la oreja como hasta ahora: sin saber si lo que llevo contado en estos más de cien cuenticos es cierto o inventado, si los nombres de los personajes salen exclusivamente de mi caletre o realmente jugaron su papel más o menos importante en esta historia navarra que es nuestra y bien nuestra. De usted, de usted y sí: también de usted, que no sabe siquiera de qué le estoy hablando.

De todas maneras, si realmente él y yo estamos unidos por un hilo invisible a través de los siglos, me lo imagino gastándoselo todo en las tabernas de Navarrería y comprando pendientes a los plateros de San Nicolás para vaya usted a saber qué dama. Lo que le quedó, seguro que lo echó al cepillo de San Jorge en el muy antiguo templo de San Cernin.

Yo sé bien lo que me digo...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011