lunes, 30 de mayo de 2011

PAR A PAR



Gallipienzo, 28 de mayo de 1348

Otro día más sin que llegue el relevo. Otean el horizonte al amanecer, a mediodía y al anochecer, como dejó ordenado el capitán antes de partir hacia Pamplona en busca de ayuda. Dijo que volvería en cuanto pudiera, pero ya ha pasado un mes y las muertes han seguido produciéndose al mismo ritmo. Quizás él también haya muerto sin darle tiempo siquiera a llegar a la capital...

Sólo ellos dos siguen vivos. Los otros, los que no murieron en pocas jornadas, salieron huyendo. Las primeras noches aún destacaban en el campo las hogueras que los fugados encendían para calentarse, pero hace tiempo que nada rompe la terrible oscuridad que les rodea. Ni siquiera se ven luces ya en las vecinas Cáseda o Aibar, ni responden tampoco a sus señales de fuego las guarniciones de Peña o Uxue.

Las puertas de las casas abandonadas a toda prisa están tan abiertas como las dejaron sus dueños. Al menos aquellos que tuvieron tiempo de escapar. Los que fueron sorprendidos por la plaga mientras dormían, se pudren ahora en medio de un silencio estremecedor.

Mientras tuvieron fuerzas, pintaron cruces negras en esas puertas, aunque sólo fuera para recordar a dónde no debían acercarse, pero ahora apenas salen ya del recinto fortificado. No se atreven a comer lo que quedó en esos lugares, y no queda ya tampoco comida ni en el castillo ni en la abadía. Lo único que les permite sobrevivir son los cerezos que aquí y allá surgen de la roca sobre la que se asienta la población.

Podrían huir, sí, ¿pero a dónde? Si el fin del mundo ha llegado, ¿qué mejor sitio que éste para esperar el juicio divino? Se ve casi todo el reino desde aquí, y al cálido sol de mayo, sin una sola nube en derredor, con las montañas cuajadas de verdes árboles y las tierras de labranza sin cultivar que baña el espejeante río allá abajo, se sienten como aquellos Adán y Eva primigenios, habitantes únicos del jardín del Edén. Pero sin manzana, sólo con cerezas...



Así que se sientan en los escalones que llevan al pórtico de San Salvador y comparten los últimos frutos que les quedan, tan rojos como la lluvia de gotas de sangre que cada respiración deja en los pañuelos de lino blanco con los que intentan aparentar que no ocurre nada. Después se abrazan, pero no demasiado fuerte, porque los bultos que tienen debajo de los brazos duelen ya demasiado. Una rata de piel negra asoma su hocico por entre las grietas del muro. A ella siempre le dieron miedo, pero ahora la percibe como a una mensajera largamente esperada...

El sol se está poniendo, apenas queda un hilo de luz, y mientras acaricia su pelo, él le susurra al oído:

-El cura decía siempre que el fin era el principio. Cuando resucitemos, mi mayor alegría será abrir los ojos y contemplar de nuevo tu rostro.

-Pero estoy fea y llena de pústulas sangrantes. Me da vergüenza que me veas así.

-Nunca me has parecido más hermosa.
Y no te preocupes, que no es sangre.
Es sólo... jugo de cerezas.




© Mikel Zuza Viniegra, 2011