martes, 24 de mayo de 2011

PACTO SAGRADO


Imagen obtenida en la web sobrarbenses.com


Antaño, cuando surgieron los reyes, el primero en ser elevado sobre el pavés, reconociendo ante todos y sobre todo ante sí mismo su escaso poder, llegó a un acuerdo con las remotas fuerzas de la naturaleza que hasta entonces habían dominado el territorio.

Mientras los hombres fueran gobernados con justicia, no faltarían a su cita anual los frutos y las cosechas. Pero si alguna vez germinaba entre ellos la semilla de la tiranía, se desatarían sobre Navarra todas las furias de la creación.

Y para que el pacto quedase sellado de forma notoria, casó Eneko con la hija del señor de los bosques, que Ohiana se llamaba. Y recogía tan especial dama en su semblante todos los rayos de sol que son capaces de forjar los herreros celestiales, y llevaba su cuerpo ceñido con los mismos colores que brotan de la tierra tras la lluvia. Y muy bien parecía esto al rey, pues es cosa sabida que quien con el verde se atreve, por guapa se tiene...

Y como no era ninguno de los dos amigo de los falsos lujos, rechazaron los anillos de oro que el abad de Usún quería entregarles, y en su lugar colocó él a su prometida uno de plata y corales rojos, pues sabía que amaba el mar, y ella le ofreció uno tallado en la madera del corazón del roble más antiguo del reino, y es por eso que desde entonces recibió Eneko el sobrenombre de Aritza. Y cuando llevaba puesta esta alianza, podía escuchar y entender a todos los animales que árboles tan nobles cobijan, de tal suerte que aquéllos le avisaban cuando los enemigos acechaban las fronteras, para que pudiese levantar a tiempo la hueste que les impidiera avanzar...

Y pasaron unos años en los que el pacto se cumplió como se cumplieron los sueños proféticos del faraón de Egipto. Hasta que un día, las águilas negras que custodiaban el Pirineo advirtieron a Eneko que el gran ejército del rey de los Francos se aproximaba por el norte. Y corrieron todos hacia allá para cortarles el paso, pero cuando ya estaban prestos ambos bandos para el combate, un jinete enarbolando bandera blanca salió de la tropa francesa y pidió hablar con el rey de los navarros. Y cuando se quitó el casco que cubría su cabeza, se agitó una cabellera tan dorada como las piedras que forman los ábsides de Leyre, pues tal guerrero no era sino la princesa Yvonne, famosa por haber vuelto locos de amor a cada uno de los Doce Pares con su belleza arcangélica...

Y en ese mismo momento dejó de entender Eneko al milano altivo, al implacable azor, al halcón peregrino, a la tenaz abubilla y al taimado cuco. Sólo las humildes lavanderas, que llevan en su plumaje el mismo color gris de las nubes de tormenta, le rogaron con sus trinos que se alejase de ella, pero él ya tampoco podía comprenderlas.

Y muy pronto, mientras retenía la princesa al rey en su tienda, sujeto con la cadena de la lascivia, la invasión del país estuvo completada. Y mandó entonces Yvonne, como si no hubiese ya otra reina, que se persiguiera a muerte a Ohiana. Pero Eneko, empleando su último resto de cordura, ordenó que se la recluyese en el monasteriolo de San Sebastián de Navarzato.

Y aunque hubiera podido la hija del señor de los bosques invocar la ruptura del pacto para arrasar toda la tierra, y hacer por ejemplo que todas las orugas que ciegamente marchan en procesión por los caminos salieran de sus nidos y arrojaran su veneno sobre quien ella les dictase, escogió no hacerlo, pues sólo ella sabía que llevaba en su vientre un nuevo rey que haría honor al juramento. Tan sólo, de vez en cuando, enhebraba un sortilegio para que el anillo de roble empequeñeciera terriblemente, y así le doliese al rey por haberse ido con aquella otra...

Y mientras todos los hijos de Eneko e Yvonne fueron naciendo muertos, creció en el roncalés exilio de Navarzato un príncipe que podía nadar con los peces del Eska, saltar de peña en peña como los rebecos de Belagua y entender lo que hablaban entre sí todas las aves que surcan los cielos del valle. Y ninguna de las monjas del monasteriolo denunció jamás su existencia, pues parecíales el muchacho una reencarnación de Salomón, aquel rey que ni con toda su gloria, pudo vestirse nunca con las hermosas y simples galas que lucen los lirios del campo...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011